El mito del rapto de Hilas está presente en la
literatura desde el siglo V a. C. aunque pudo existir desde antes ya que
Apolonio de Rodas afirma que su historia había sido narrada por el poeta épico
del siglo VIII a. C. Kinaithon en sus Herakleia. Pero no es hasta época helenística
cuando el tema se retoma con más fuerza. Las narraciones más completas de esta
época nos las ofrecen Apolonio de Rodas en sus Argonáuticas [Anexo C] y Teócrito en los Idilios. Salvo por algunos
detalles, el contenido en ambas narraciones es el mismo: Hilas es arrebatado a
su padre por Heracles, a quien acompaña desde entonces en sus aventuras siendo
su amigo y amante. Participa con los argonautas
en la búsqueda del vellocino y, mientras viajan por la Propóntide, en una
competición por ver quién rema más rápido a Hércules se le quiebra el remo por
lo que deciden desembarcar en la tierra de Misia. A Hilas se le encarga ir a
buscar agua y en la fuente o manantial las Ninfas se enamoran de su belleza y
lo raptan. Heracles lo busca sin descanso y es abandonado en Misia por los
argonautas que deciden partir sin él.
Apolonio de Rodas nos habla sobre la búsqueda de
Hilas:
“Pero
amenazó Heracles con devastar Misia si sus habitantes no descubrían el destino
de Hilas, estuviera vivo o muerto. Ellos ofrecieron rehenes por él, escogiendo
a los mejores jóvenes de su pueblo y le ofrecieron juramentos de no cesar jamás
en la búsqueda por cansancio. Por esa razón aún ahora los habitantes de Cíos
preguntan por Hilas, el hijo de Teodamante”. (Apolonio de Rodas, Argonáuticas,
I, 1349).
En época Flavia esta historia es retomada por
varios autores: Valerio Flaco (Argonautica),
Ovidio (Ars Amandi), Estrabón (Geografía), Estacio (Silvas), Marcial (Epigramas), Virgilio (Georgicas).
Valerio Flaco introduce una versión diferente del mito en la que Hilas no va en
busca de agua sino que llega a la fuente persiguiendo por el bosque un ciervo
enviado por Juno, lo que condicionará algunas características de sus
representaciones a partir del siglo I.
Virgilio,
Ovidio y Marcial utilizan la figura del argonauta como un símbolo de la
belleza ideal masculina o como muestra de los amores entre jóvenes y dioses:
“Quédese lejos todo desafuero.
Tendrás
que merecer, para que te amen,
el amor,
y eso no te lo dará
tu cara o
solamente tu hermosura,
aunque
seas Nireo el bienamado
por el
antiguo Homero, o Hilas tierno
raptado por las Náyades vilmente”. (Ovidio, Ars
Amandi, II, 110).
Otros autores nos hablan de la pervivencia del
mito de Hilas en la zona de Misia. Según Estrabón los habitantes de la zona
siguen celebrando una festividad en la que recorren las montañas en procesión
llamando a Hilas. Antonino Liberal en sus Metamorfosis
recoge la narración de Nicandro sobre este mismo tema y afirma que Hilas
fue transformado en eco por las Ninfas. Menciona también una festividad en la
que el sacerdote llama tres veces a Hilas y el eco le responde. En ocasiones aparece otro personaje, Polifemo,
que acompaña a los argonautas, e informa a Heracles de haber oído gritar a
Hilas pidiendo ayuda.
En el siglo V el tema no estaba agotado ya que
conservamos un epilio del poeta
africano Draconcio en el que el rapto de Hilas se debe a una venganza de Venus,
que hace prendarse a las náyades del compañero de Hércules como castigo por
burlarse de ella y sus amores con Marte. Hércules e Hilas pasean por el bosque
triunfantes tras haber cazado un jabalí y las ninfas se enamoran del joven
debido a las flechas lanzadas por Cupido, enviado por su madre.
Es un antiguo mito agrario en el que el rapto de
Hilas representa los ciclos de vida y muerte de la naturaleza. También se ha
asociado comúnmente a la vida después de la muerte ya que el argonauta pasó de
su vida terrenal a una vida inmortal en las profundidades de las aguas.
En cuanto a las ninfas, su pervivencia es muy
larga y existen figuras similares en diferentes culturas. De la Rada nos habla
de la pervivencia de la tradición del culto a las ninfas en la Península ya que
podemos encontrar gran cantidad de monumentos epigráficos que aluden a ellas
cerca de fuentes, ríos o manantiales. Concretamente en León apareció una
dedicatoria hecha por el legado de la Legio
VII Gemina Lucius Terentius Iunior Homullus a las ninfas de las aguas.
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